Descubrimiento Del Mundo Microscopico

Descubrimiento del mundo microscopico

Las medidas higiénicas que más muertes han prevenido son el suministro de agua potable para consumo humano y la vacunación masiva. Esto último pertenece a la segunda mitad del siglo XX, pero las primeras vacunas se originaron en las dos centurias inmediatamente anteriores.

Los nombres de Edward Jenner (1749–1823), Louis Pasteur (1822–1895), Jonas Salk y Albert Sabin son tal vez los màs destacados en la historia de las vacunas anti-infecciosas. La ciencia –basada en la observación-, revolucionó la medicina y la misma economía, cuando pudo comprobar que la calidad y duración de la existencia de los seres vivos estaba amenazada o en algunos casos protegida, por otros organismos vivientes que no podíamos observar a simple vista: los microbios.

No hay duda que Pasteur fue genial, más académico, mejor científico; pero Jenner pegó primero. Este último fue discípulo del famoso anatomista y fisiólogo inglés John Hunter (1728–1793), con quien realizó numerosas estudios como naturalista. Fue Hunter el autor de aquella famosa frase en carta a Jenner: “¿Por qué teorizar?” Vamos al experimento”. Y no se refería a lo que luego sería la “vaccinia” sino a la temperatura de los erizos durante la hibernación.

Edward Jenner fue un personaje sencillo, ante todo un médico rural. Con contadas excepciones, ejerció toda la vida en su natal Berkeley en el condado de Gloucester. Una de las pestes que le tocó afrontar fue la viruela o “pequeña pústula”, que asolaba a los humanos (en Europa particularmente después del siglo XVI), diezmándolos por doquier. Llegó al viejo continente procedente de oriente con los cruzados, y a España con la invasión de los moros. Era una enfermedad que causaba ceguera o en numerosos casos, la muerte; sumamente maligna en comparación con otra que daba en las reses, que se llamaba “pústula de las vacas” o “vacuna”. Las lecheras de aquella campiña inglesa decían que no les daba la viruela porque durante el ordeño habían contraído de las ubres la “pústula vacuna”, lo que les confería protección. Y pensando en que la voz del pueblo es la voz de Dios, Jenner se dedicó a observar y a propalar la idea de que era factible “vacunarse” contra la viruela. En 20 años de necia insistencia ante sus colegas, finalmente en 1796 se lanzó a practicar exitosamente la primera vacunación.

Para ser sinceros, ya los chinos inoculaban a las lecheras para prevenir la vacuna; y en Inglaterra usaban la técnica china, pasando sobre una zona de la piel previamente escarificada un hilo contaminado del pus; generalmente con ausencia total de asepsia, lo que generaba infecciones que eran más dañinas que la patología que se trataba prevenir.

Observando cuidadosamente, vio Jenner que a la vaca le daban dos tipos de infecciones, y que sólo una de ellas confería inmunidad exclusivamente durante cierta etapa de la enfermedad. Sarah Nelmes padecía el mal benigno de la vacuna, causado por un virus diferente al de la viruela pero que confiere inmunidad cruzada; esta es una erupción pustular que se acompaña de leve malestar general que sana rápidamente. Esta lechera fue quien donó el pus que fuera inoculado a James Phipps, un niño de 8 años que resistió sin enfermar otra inoculación dos meses después, esta vez de viruela virulenta. Y así 23 casos más, que fueron informados en un pequeño libro con un extenso título, que sería muy corto en relación con el inmenso bien que generaría.







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